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El guionista en el tejado....

¡Al suelo, que vienen los nuestros!

(Pío Cabanillas)

Dos años han sido suficientes para consolidar el fracaso anunciado de los actuales representantes del Audiovisual de Sgae, encabezados por su actual presidente, Antonio Onetti, que han conseguido reducir al mínimo, rozando lo residual, al otrora representativo colectivo de directores y guionistas en la entidad.

La entrada de los Onetti, Cabal y compañía en la Sgae vino con la bandera de la reivindicación contra la pérfida banda de los músicos, responsables del expolio de guionistas y directores en virtud de un reparto arbitrario que imponía un coeficiente maligno a favor de los repertorios musicales. Para ellos, era evidente y notorio que dotar de un valor de 1,4 al minuto musical, frente al valor de 1 del minuto audiovisual constituía una prueba irrefutable de esta ignominia. Pero, como ocurre a menudo en política, la gestión y el conocimiento del medio pasan a segundo plano cuando los aspirantes al poder encuentran en la polémica y la división el caldo de cultivo idóneo en el que diluir sus carencias y obtener los apoyos necesarios para lograr sus aspiraciones, que poco tienen que ver con las de sus administrados. La "politización" de la Sgae ha sido, sin duda, el mejor escenario para los usuarios de su repertorio, que la han aprovechado para debilitarla en favor de sus intereses, que no son otros, lógicamente, que pagar lo menos posible. El enfrentamiento inducido entre sus diferentes colectivos profesionales ha entretenido a sus socios en una estéril disputa por una bolsa cada día más exigua, culpando al vecino de sus penurias, en lugar de enfrentarse, desde la unidad como creadores, con la realidad de una recaudación en caída libre que no ha beneficiado a nadie. A nadie dentro del colectivo autoral, quiero decir, porque otros si se han visto muy beneficiados, empezando por los usuarios que han rebajado su factura y toda una panda que ha hecho de la representación política y el enredo institucional un medio de vida, la mayoría de ellos muy conscientes de que, hoy en día, resulta mucho más rentable vivir de los autores que hacerlo del derecho de autor.


Un buen ejemplo de esta nueva camada de "derechoabusantes" la tenemos en personajes como los señores Juan José Solana (presidente de la Fundación Sgae, miembro de la Junta Directiva, con un sueldo añadido de 3.000€ mensuales por hacer no se sabe bien qué), o Iván García Pelayo (este sin pasar siquiera por las urnas, pero con un sueldo

de 120.000€ anuales que pagan los socios que, eso sí, ven caer cada día dramáticamente sus liquidaciones), que destacan entre otros beneficiarios de carguitos, comisiones y demás mandangas de la Nueva Sgae.


Pero, volviendo al tema que nos ocupa, comenzaba Onetti su segunda andadura como directivo de la entidad (ya va por la tercera, aunque en la primera lo hizo con el sombrero de dramaturgo, en el colegio de Gran Derecho) desde la posición de Vicepresidente del Colegio Audiovisual, anunciando desde los medios de comunicación la Buena Nueva que iba a significar, por fin, el auge de un colectivo penalizado y ninguneado (siempre según su libreto) por anteriores Juntas Directivas y malvados presidentes pretéritos. Proclamaba Onetti a sus 12.000 colegiados la llegada de una nueva era, que consistía, esencialmente, en una emancipación de facto del colectivo audiovisual de Sgae, en lo que calificaba como una "modernización" de la gestión de los derechos de su colectivo. Decía el entonces vicepresidente que “Seremos un equipo de unas 15 personas trabajando sólo para nuestros autores. No habrá nuevas contrataciones, reagruparemos a técnicos trabajadores de la casa en la División Audiovisual. Tendremos un espacio concreto dentro de la casa, con ventanilla única para atender los problemas de nuestros socios”. Lo cierto es que siempre hubo un departamento propio del Audiovisual, con una dirección específica y un espacio propio, pero, ya saben, estas cosas venden y a menudo las apariencias dan cuartelillo, al menos hasta que, como era esperable, los resultados desenmascaran la ficción y la "burra" cubierta con la piel de león comienza a rebuznar.

Naturalmente, cuando a mediados de 2020 el señor Onetti pasa a ocupar la Presidencia de la entidad, el alborozo del colectivo audiovisual debió ser de órdago a la grande (no de todos, naturalmente, pues algunos que ya conocían el percal salieron corriendo ante lo que se les venía encima), aunque han bastado algunos meses para desinflar la burbuja onettiana y comprobar que en ella no había otra cosa que aire. Hoy echarán de menos a los Hermoso, Altares, o Gomá, que desde la Junta Directiva de entonces, se ocuparon de defender a su colectivo con rigor y conocimiento de su casuística, y no con Cantos de Sirena (y no es un secreto que mantuve profundas discrepancias con ellos en su momento, por lo que no estoy regalando el oido de unos amiguetes).


Antes de entrar en detalles, podemos resumir en qué ha consistido esta "modernización" de la gestión Audiovisual de Onetti:


– Los socios audiovisuales de Sgae han podido comprobar en sus propias carnes la vacuidad de sus promesas de alcanzar la tierra prometida. Para ello, sólo les ha hecho falta cotejar sus liquidaciones con la de otros compañeros que gestiona DAMA, la que era la "mosca cajonera" de Sgae hace apenas un par años y es a día de hoy la primera entidad de gestión colectiva del repertorio audiovisual en nuestro país. Con gran sorpresa, según cuentan algunos de ellos, por un mismo repertorio, los coautores de un guión han comprobado que, en el mismo periodo, aquellos gestionados por DAMA cobraban el doble que los sufridos súbditos del "Modernizador de Sgae".


– Y lo que es peor: esa estructura faraminosa que Onetti decía poner a su servicio ha sido incapaz de darles ninguna explicación al respecto. Reunidos con el propio director general, señor Restrepo, y la directora de esa "División Audiovisual" inaugurada a bombo y platillo, Fabia Buenaventura, fueron incapaces de dar respuesta a sus dudas y reclamaciones: no saben/no contestan.

Restrepo es consciente de la penosa deriva de Sgae (de la que es responsable en gran medida, como primer ejecutivo de la entidad) y no tiene el menor pudor en afirmar que él tiene "la maleta hecha". Cada mensualidad cobrada es un regalo del cielo, mientras dure.


En el caso de Buenaventura, esta lo es también de que su "división" está a punto de quedar sin contenido (el éxodo de numerosos socios audiovisuales que han solicitado la baja para el próximo 31 de diciembre es inevitable ya, lo que va a hacer difícil de mantener la posición de este colectivo con 9 representantes en la Junta Directiva y del propio Onetti como Presidente Audiovisual de una entidad ya sin apenas repertorio audiovisual. Y, aunque ella tiene trabajo asegurado en la Función Pública, es de suponer que esperará a ser cesada para cobrar la oportuna indemnización (por despido improcedente, claro, de la responsable nominal de un departamento aniquilado por una gestión nefasta, a la que habrá contribuido con su granito de arena, lógicamente).


– Pero es que, uno de los más importantes cineastas de este país, cuyas películas habían sido recientemente emitidas por TVE, ha comprobado, para su estupor, que, cuando esperaba el fruto de esa exposición, su liquidación ha sido la más baja que recuerda en su ya dilatada carrera.

El clamor de un colectivo desengañado, víctima de una pésima gestión de su casuística es, naturalmente, cada vez mayor.


El caso es que músicos y audiovisuales, una vez comprobada la penuria de sus liquidaciones empiezan a preguntarse dónde va a parar el dinero de la Sgae.


Entre tanto, en las dependencias policiales investigan la falsificación de delegaciones de votos para la pasada asamblea, tras la denuncia interpuesta por el Secretario General (con la resistencia pasiva de parte de la Junta Directiva, alguno de ellos, por cierto, beneficiarios de las falsificaciones, lo que no establece una culpabilidad necesaria, naturalmente, aunque sí debería conllevar una mayor diligencia por su parte en promover una investigación que han consentido a desgana y por obligación). La documentación aportada a la investigación recoge datos que van a traer cola (que alguno siga en la nómina de la entidad todavía, visto lo visto, dice muy poco de nuestros gestores y su celo como custodios de la defensa de la legitimidad de los procesos democráticos de Sgae).

El Presidente, eso sí, se lava las manos y proclama su absoluta desvinculación del tema, sin comprender que no se trata de que él haya participado en dicha trama (lo que sería escandaloso, pero no existe indicio alguno que apunte en esa dirección), sino de que, como cabeza de la Junta Directiva haya permitido que ocurra un fraude semejante, detectado en esta ocasión, pero que la coincidencia de nombres y la investigación preliminar apuntan a que podría haberse producido en, al menos, la asamblea anterior y el reciente proceso electoral.


En definitiva, esta Sgae está bajo sospecha, los socios cobran liquidaciones paupérrimas, mientras algunos se ponen morados a base de dietas, cargos a medida y sueldos injustificables. El Pequeño Derecho ha perdido un puesto y está, por lo tanto, infrarrepresentado en la junta (lo que no parece merecer reclamación alguna por parte de sus representantes, que aceptan dócilmente esta circunstancia), mientras que el colectivo Audiovisual prepara un éxodo definitivo que dejará a sus nueve representantes, Onetti incluido, sin base alguna de legitimidad institucional.


La modernización está siendo, desde luego, todo un éxito, dejando atrás los tiempos de decadente antigüedad de 2016 a 2018, en los que Sgae recaudó más de 300 millones anuales y sus socios cobraban puntual y rigurosamente sus derechos.


Por eso, cuando escucho los discursos triunfantes del señor Onetti, me viene a la memoria la vieja anécdota – no sé si era cierta o no – en la que unas monjas sorprendieron a Pío Cabanillas y a Fraga Iribarne bañándose desnudos en alguna playa de nuestro litoral. Cuando Fraga corría tapándose las partes, Cabanillas le gritó: “¡la cara, Manolo, tápate la cara!”.

Pues eso, señores Onetti y compañía...


¡La cara, tápense la cara!



José Miguel Fernández Sastrón

(8 de octubre de 2021)